
Los cuatro líderes militares entraron al mismo
tiempo al palacio de gobierno, fue sólo un acto simbólico, para que las cámaras
de televisión lo transmitieran a todo el mundo. En la práctica estuvieron poco
tiempo allí. Presenciaron cuando se llevaron el cuerpo del upeliento ex-presidente, y luego acordaron comenzar las juntas de gobierno
de su nuevo régimen en el edificio Portales, en una sala acondicionada para
ello.
El día ya terminaba cuando la junta iniciaba su
primera reunión en una habitación subterránea, recubierta con plomo y a prueba
de sonido. Sus cuatro miembros llegaban desde distintos puntos, algunos de
fuera de la capital. La labor de expulsar a los marxistas del país no fue
fácil. El cansancio no se evidenciaba en sus rostros, sino más determinación
que nunca. El comandante en jefe del ejército habló primero:
-Señores, estamos librando una guerra. Una
guerra contra el marxismo internacional. Nuestra labor pasa a ser sagrada. Ahora,
en este minuto, Chile es la última esperanza que le queda al mundo, y Estados
Unidos nuestro único aliado. Almirante Merino, quiero un informe de la
situación estratégica.